viernes, 03 de junio de 2011
Cuando éramos pequeños, en la escuela, nos decían que el proceso comunicativo funcionaba de la siguiente forma:
EMISOR ------ mensaje -------) RECEPTOR
Más adelante, nos añadieron un componente, el medio, por el cual se transmitía el mensaje. Los que hemos estudiado esto más a fondo sabemos que a partir de ahí se desarrolla uno de los estudios lingüísticos más apasionantes, con el archiconocido Saussure abriendo un camino que tantos otros han explorado.
Demos un paso atrás: siglos antes de que Cristo llegara al mundo, los griegos empezaron a estudiar la influencia del mensaje en el receptor e intentaron que el efecto fuera el deseado por el emisor. A ese arte le llamaron retórica. Este arte generó un debate entre qué era más importante, el mensaje o cómo se dice; la sociedad así se dividía en dos sectores claramente diferenciados: los que creían que la verdad era lo importante y los que pensaban que la verdad en sí no existe, sino que depende de cómo se diga, es decir, los que creían que "todo es relativo".
El siglo XXI es el tiempo de la imagen. La palabra parece haber perdido la batalla ("una imagen vale más que mil palabras"), si bien en los últimos años todo ha cambiado completamente: una palabra, una frase, una melodía perviven más en la mente e influyen más en el ánimo que todas las imágenes que nos borbandean desde diversos medios de comunicación. "Yes, we can", o "I have a dream" , "váyase, Sr. González", "España no merece un gobierno que le oculte la verdad", "¿estamos mejor que hace cuatro años?" Son frases de los últimos años que han marcado en algún caso el Mundo y en otros nuestra vida.
¿Deberíamos reflexionar sobre lo anteriormente expuesto antes de escribir en un blog, en nuestra página web o simplemente antes de descolgar el teléfono? Realmente, se trata de recapacitar no tanto en nuestro mensaje, sino en si lo que entienden es realmente lo que queremos decir. En otras palabras, lo importante no es lo que se dice, sino lo que el destinatario entiende. La diferencia entre uno y otro es nuestra pérdida.
Cuando además queremos decirlo en varios idiomas, tenemos que depositar nuestra confianza en un grupo de profesionales que hagan el mismo análisis, puesto que la historia está llena de errores que han hecho que grandes proyectos fracasen por malentendidos: desde una famosa empresa de bombones que vio cómo sus ventas se reducían a cero en un país oriental porque el embase era de cuatro bombones (número de la muerte en ese país), pasando por nombres con poca fortuna (como los famosos vehículos llamados Pajero y Puta). En definitiva el destinatario siempre ha de ser el centro de nuestra atención.
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